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POETAS CELEBRAN A LA POESÍA

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El vasto parque desmaya ante la ojeada abrasadora del Sol, como la lozanía bajo el dominio del Amor. Estaba ya tieso, y sentía yo alergia inexplicable en dejarle caer bruscamente al suelo.

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Poemas en prosa / Charles Baudelaire; traducción del francés por Enrique Díez-Canedo

Mientras, en la expansión de su alegría, la Luna llenaba todo el pieza como una atmósfera fosfórica, como un veneno luminoso; y toda aquella luz viva estaba pensando y diciendo: «Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Era una mezcolanza de gritos, detonaciones de cobre y explosiones de cohetes. Animado por tantas bondades, le pedí noticias de Dios y le pregunté si le había gastado recientemente. Es el primer escalón del amor. Tales supuestos, no exactamente justificados, pero no en absoluto injustificables, cruzaron por mi mente mientras contemplaba yo el rostro del príncipe, en el que una palidez nueva iba a juntarse sin cesar con su asiduo palidez, como nieve sobre nieve.

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Empero en el mundo adonde la arrojaron, nunca pudo ella pensar que una mujer mereciera otro destino. Había ahí rostros extraños de hombres y de mujeres, señalados por una hermosura adverso, que me parecía haber ya gastado en épocas y en países que no podía recordar exactamente, y antiguamente me inspiraban fraternal simpatía que ese temor nacido de ordinario al aspecto de lo desconocido. Luego ha entrado un espectro. A través de los barrotes simbólicos que separaban dos mundos, la carretera y el castillo, el niño pobre enseñaba al niño rico su propio juguete, y éste lo examinaba con avidez, como objeto anómalo y desconocido.

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Alguien día, un misionero que se paseaba por un arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora era. En realidad, estaban tan azoradas como ministros en día de audiencia o como empleados del Monte de Piedad cuando una fiesta nacional autoriza los desempeños gratuitos. Pero, en fin, el muerto no soy yo. Hace unos días, mis padres me llevaron consigo a alucinar, y como en la posada adonde hicimos alto no había cama bastantes para todos, resolvieron que yo durmiese en el mismo lecho de mi criada. Pero entre el goce abstracto he visto un ser afligido. Ambición, ante todo, que mi gacetillero empecatado me dejo divertirme a mi gusto. Y le empujé vivamente a la escalera, donde, gruñendo, dio un tropezón. Me voy Pero me llevo en el corazón bellos recuerdos de lo que aquí viví.

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Vigor creso

Hay en nuestras razas parlanchinas individuos que aceptarían con menor repugnancia el cadalso supremo si se les permitiera lanzar desde lo alto del patíbulo una copiosa arenga, sin miedo de que los tambores de Santerre les cortasen intempestivamente la palabra. Así me tuvo por mucho tiempo en éxtasis. Es el grito desesperado que de mis labios sale Desde el fondo de mi alma. El gas mismo desplegaba todo el ardor de un debut, e iluminaba con todas sus fuerzas los muros cegadores de blancura, los lienzos deslumbradores de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de mejillas infladas arrastrados por los perros en traílla, las damas risueñas con el halcón posado en el bocamanga, las ninfas y las diosas que llevaban sobre la cabeza frutas, pasteles y caza; las Hebes y las Ganimedes ofreciendo a brazo tendido el anforilla de jarabe o el monolito bicolor de los helados con copete: la historia entera de la mitología puesta al servicio de la bulimia. La felicidad se vino a estar a mi casa y yo no la reconocí. Por unas horas hemos de poseer el silencio, si no el reposo. El amor se me aparecía como una tutela. Un aroma infinitesimal, exquisitamente elegido, al que se mezcla una levísima humedad, nada en la atmósfera, donde mecen al ánima adormilado sensaciones de invernadero.

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