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HOY MIRO ARREPENTIDO

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Hacíanse, en verdad, competencia formidable: chillaban, mugían, aullaban. Diez veces seguidas fracasó el experimento; pero a la undécima hubo de salir demasiado bien.

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Y el cortejo pasó junto a mí, y se hundió en la ámbito del horizonte, por el lugar adonde la superficie redondeada del planeta se esquiva a la curiosidad del avistar humano. Cobardemente se rinde el globo estupefacto y duerme la siesta, siesta que es una especie de asesinato sabrosa en que el dormido, advertido a medias, saborea los placeres de su aniquilamiento. Espejos, metales, telas, joyería, loza, conciertan allí para los luceros una sinfonía muda y misteriosa; y de todo, de cada rincón, de las rajas de los cajones y de los pliegues de las telas se escapa un singular perfume, un vuélvete de Sumatra, que es como el alma de la vivienda. Vencer o morir, como dice la Política; tal alternativa me imponía el acaso. Habíase puesto el Sol. La biografía de mi amor se parece a un viaje interminable por una aforo pura y tersa como un luna, vertiginosamente monótono, que reflejara todos mis sentimientos y mis gestos con la exactitud irónica de mi propia justicia, de suerte que no podía permitirme gesto o sentimiento que no fuese razonable sin ver inmediatamente la muda reconvención de mi inseparable espectro. José Arcadio, el mayor de los niños, había cumplido catorce años. Nunca estoy bien en ninguna parte, y siempre creo que estaría mejor en otra parte que no allí donde estoy.

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Hay mujeres que inspiran deseos de vencerlas o de gozarlas; pero ésta infunde el deseo de morir lentamente alce sus ojos. Pero al día subsiguiente recibí un montón de cartas: una de inquilinos de la casa, otras de casas vecinas; una del apartamento primero, otra del segundo, otra del tercero, y así sucesivamente; unas en estilo semichistoso, como si trataran de disfrazar con una chacota aparente la sinceridad de la petición; otras de una pesadez descarada y sin grafía, pero todas dirigidas a lo mismo, esto es: a lograr de mí un trozo de la funesta y beatífica cuerda. No me atrevía, a la verdad; y aunque la amovible de mi timidez haya de moveros a risa, confesaré que temí humillarle. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de urna con un rizo de mujer. El paisaje en medio del cual me había colocado tenía grandeza y nobleza irresistibles.

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